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Sobre conversaciones incómodas, y la idea de cambiar el mundo

Estas dos últimas semanas para mí han sido difíciles de expresar en palabras. Pero voy a intentarlo porque tengo una voz, esa voz importa, y personalmente quiero hacer una diferencia.

Me gustaría centrarme en hacer constar parte de lo que he aprendido y lo que he vivido, viendo el devenir de las redes sociales y por otro lado, las conversaciones que he mantenido fuera de lo público. Los temas fueron el racismo, machismo, la supremacía blanca, privilegio blanco y la diferencia entre unos países y otros a la hora de abordar esta pandemia estructural. Afirmo que han sido conversaciones incómodas y difíciles, que he decidido tener con unas personas y no con otras porque siento que no todas están a la altura de las circunstancias —aunque hayan viajado—. Pero ni yo, ni Dévé estamos para evitar lo incómodo y lo difícil; estamos para guiar e inspirar en la construcción de una vida plena y optimizada. Eso pasa por hablar de temas incómodos y difíciles (cosa que hacemos bastantes veces).

Incluso yo tengo muchas cosas que no sé. Y en ellas me he sentido como alguien que flota ingrávido en el mar de rostros. Sí sé que hay más de una manera de lograr un impacto positivo —lo que algunos llaman «cambiar el mundo»—. Pero nadie logra hacerlo sin una dosis de coraje. Y he llegado a que en 2020, ser alguien que escuche bien es extremadamente importante, y eso también requiere coraje. Escuchar con la mente abierta, sin buscar automáticamente responder, sin interrumpir. Escuchar sin negar lo que te están diciendo. Escuchar, aunque la conversación sea incómoda. Y dejar hablar. Para dejar hablar hay que que callarse.

De las conversaciones incómodas la gente tiende a huir, manipular, negar lo que se dice, intentar callar. No es nada nuevo lo que estamos viendo a nivel social —lo que estamos viendo a nivel macro sucede todos lo días a nivel relaciones de pareja, por ejemplo—. Pero, al igual que en una relación de pareja, un problema no podrá resolverse mientras se niegue. Si una pandemia mundial nos ha dejado claro que podemos hacer las cosas de otra manera, sería una insensatez por nuestra parte insistir en que no. 

Por primera vez, cambiar el mundo es simple, y comienza con devolverle el uso original a las orejas (que las orejas no sirven solo para sujetar la mascarilla y las gafas).

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Creo que nada es difícil si sabes hacerlo. Soy Esther, ingeniera de Caminos amante de los trenes y del progreso social que traen. Dirijo Dévé, donde edito y escribo sobre estrategia, liderazgo y dinámica social; pilares del desempeño pro y perso. La verdad —simple, directa y clara— te hace libre.

¿Qué opinas? Hablemos.