Inicio Carrera Dejé mi trabajo sin absolutamente ningún plan B. ¿Es una buena idea?

Dejé mi trabajo sin absolutamente ningún plan B. ¿Es una buena idea?

Si estar en el desempleo tiende a mirarse mal, dejar un trabajo sin un plan B peor todavía (digo “tiende a” en lugar de “está mal visto” por lo inquietante de que unos repliquen lo que dicen otros, hasta al final cundir un pánico probablemente basado en rumores)

Antes de que se catalogue este artículo como algo fuera de su objetivo, este es un artículo unisex y basado en hechos reales, con experiencias mías y de personas de mi alrededor. Actualmente dejar un empleo es una idea no discriminatoria. Las mujeres se queman en entornos laborales en los que conciliar es imposible y los hombres se queman en empresas en las que la norma es entrar a las 9:00 y salir a partir de las 19:30 porque el jefe parece que no tiene casa, y trabajar «un poquito» los sábados y en vacaciones se considera compromiso profesional —prueba: Mi jefe es adicto al trabajo y quiere que yo también lo sea.

Terminé la carrera y mi primer empleo se superpuso a la fase final de la misma. No tuve pausa, no la necesitaba, estaba agradecida por tener un contrato. Comencé a trabajar y encadené un puesto de trabajo tras otro —unos más largos, otros que durarían entre 6 meses y un año o dos—. Creo que lo hice bastante bien. Estudié en dos países, trabajé en tres, y trabajé en compañías punteras en mi industria, haciéndome con experiencias muy llamativas. Y tengo una crisis y una pandemia añadir a mi historial. No me quejo.

Confieso que se me ha considerado una persona muy trabajadora. Ambiciosa también. Me gustaban los proyectos grandes, los entornos competitivos, eran estimulantes. También ser parte del crecimiento de proyectos. Por supuesto, yo durante un largo periodo de mi vida asocié la idea del éxito profesional a tener un empleo guay en una oficina muy exigente. Como en las series de televisión, ¿sabes? Además, estaban al día las comparaciones con las # bossgirls , las que se pasaban horas en la oficina y exponían con orgullo cómo lograban manejar la casa, su matrimonios, el trabajo y su belleza —esto último es importante—. Se asume que esa es la idea de una vida exitosa. Eso era la conciliación. Hacer menos era de débiles. Aguantar, sin quejarse, es lo honorable.

Esperaba quemarme por allá a los 45 años, cuando fuera una ejecutiva y tuviera a mis espaldas miles de kilómetros de vuelos por trabajo y miles de horas de reuniones. A los 45 seguramente me darían un distintivo de honor, “por haber hecho tanto por la empresa, por los junior, por el sector, por la sociedad”. Quedaría hasta bien. Sin embargo, siento que me quemé una década y media antes, más rápido de lo que podría imaginar. Y miro Twitter, y parece que hay más gente quemada. Honestamente, es injusto que los boomers nos llamen débiles a los millennials. Estamos aguantando demasiada disfuncionalidad, en parte causada por ellos, porque la economía está en manos de boomers. No poder comprar una casa, vivir en un país casi en el índice de miseria, no tener empleos dignos, no saber cuándo nos jubilaremos (o si podremos hacerlo), no tener tiempo para buenas relaciones y tener que conformarnos con apps porque no hay ni tiempo para quedar con la gente. Vivir en constante periodo de prueba en el que casi has de dar gracias porque tú tienes un contrato temporal y besas el suelo por uno indefinido. Por no contar todo lo que sucede fuera del trabajo, que también afecta.

Pero está ese tan necesitado salario, siempre. Es una adición, porque necesitaba pagar mis facturas, pagar el alquiler y permitirme el estilo de vida que había construido en torno a ese salario. Y al final, sin darme cuenta, se perdía el límite entre el trabajar por mi salario y trabajar para mi salario. Asusta, sí. Y por eso la idea de dejar el trabajo me torturaba por dentro. Era mi vida, era mi identidad.

Y ahí está el problema. Tanto estrés no deja espacio para el pensamiento. 

A pesar de que estamos entrando en conversaciones más honestas sobre la salud mental en el trabajo, la realidad es que la persona de RRHH que escucha decir a una persona que dejó un empleo por salud mental tiende a acobardarse y no contratarte porque creerá que harás perder dinero a la empresa. Curiosamente, esa persona que no te contrata por ese motivo suspirará pidiendo un mundo más justo y empático con la salud mental. Sí, necesitamos romper los ciclos. Un estigma sigue siendo un estigma mientras lo definamos como tal. Y de la misma manera que no penalizamos a alguien por estar 6 meses de baja por una enfermedad (hay empresas que lo hacen), a estas alturas convendría abrir la mente. Además, la mayoría de los problemas de salud mental que se dan no son por desidia de los trabajadores, sino por las dinámicas disfuncionales de dentro de las empresas. Esas que no se ven por los que están en la parte más alta de la jerarquía. Esas que no se reconocen.

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Tras esta confesión, ¿a qué se enfrenta alguien que deja el trabajo sin ningún plan B? A sí mismo, a lo que se siente fuera de la zona de confort (aviso: estar fuera de la zona de confort es incómodo). También a la incertidumbre. Según estudios, el cerebro no tolera demasiado bien la incertidumbre; la incertidumbre de no tener un plan B afecta directamente el cortex prefrontal. También puede enfrentarse a la incomprensión por parte de su entorno, el sentirse fuera de lugar, etc. Y por si no fuera suficiente, al fantasma de no saber si el mundo laboral mantendrá las puertas abiertas para él cuando decida regresar. Te fuiste, alma ingrata, fuera para siempre, no mereces volver.

Con esto consta la idea de que dejar el trabajo fue una de las decisiones más aterradoras que tomé en mi vida. Probablemente sea una hereje —o una adelantada a mi tiempo, según como se mire—. Sin embargo, he visto algo de vida y algo de tiempo pasar ante mis ojos. Me hubiera arrepentido más de no haberme atrevido a decir «sí» o «no» y aceptar las responsabilidades que traerían mis decisiones.

De modo que aquí puedo exponer algunos puntos rápidos alrededor de la decisión de dejar un trabajo sin un plan B y lo que viene después. Por si se te pasa por la cabeza hacerlo. No son consejos, son ideas cortas:

· Aunque tomes consejos de gente que te dirá que no lo hagas, si quieres hacerlo y puedes, lo harás.

· Quizá necesites tiempo para pensar si es una fase pasajera o una decisión seria. Si concluyes que es una decisión seria, adelante, ¿con qué derecho lo haces? Porque tienes burnout, porque quieres, porque puedes.

· El dinero es importante. Hablar con realismo es saber que dejar un trabajo sin plan B no esta al alcance de todos.

· Hay mucha incertidumbre, y la incertidumbre de no tener un plan B puede hacer daño.

· Si ahora no hay plan B no pasa nada.

· Si estás rodeado de personas que nunca han dejado un empleo o nunca las han despedido, lo que oirás de ellas será únicamente desde su perspectiva

· Deja de pedir disculpas por haberte ido. Llorar el fin de una etapa está bien. Llorar las emociones acumuladas está bien. Tómate tu tiempo.

· Puedes reinventarte, puedes hacer otra cosa. No le debes nada a tu diploma. Tu carrera no te define. Puedes hacer más de una cosa, puedes ser polímata

· Y puedes amar tu profesión y al mismo tiempo decidir qué toleras de lo que sucede dentro de la misma, y hasta qué punto.


Imagen: Михаил Руденко | iStock

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Creo que nada es difícil si sabes hacerlo. Soy Esther, ingeniera de Caminos amante de los trenes y del progreso social que traen. Dirijo Dévé, donde edito y escribo sobre estrategia, liderazgo y dinámica social; pilares del desempeño pro y perso. La verdad —simple, directa y clara— te hace libre.

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