Inicio Cine «1917» de Sam Mendes: El cine mayúsculo, la gran guerra y la...

«1917» de Sam Mendes: El cine mayúsculo, la gran guerra y la inmensa humanidad

 

Es hora de volver a reivindicar a Sam Mendes (Berkshire, Reino Unido, 1965), como el prodigio cinematográfico y escénico que siempre fue. El realizador inglés ya alcanzó la gloria de premios y reconocimientos hace justo 20 años con American Beauty (1999). Ahora, vuelve con su octava película al terreno del gran cine, que en realidad nunca abandonó del todo a lo largo de su carrera. 1917 es una película de género bélico a la vez que espectacular, pero que también posee la virtud de poner en primer plano la humanidad y lo íntimo de sus personajes. Diez nominaciones al Oscar (incluídas las de mejor película, dirección y guión) saludan ya las virtudes de este film con mayúsculas

Es Abril de 1917,  penúltimo año de la Gran Guerra. Dos soldados ingleses, Blake y Schofield, son enviados solos, por el Alto Mando británico a una misión casi suicida en la zona del Somme (Bélgica). Su primordial objetivo, será salvar las vidas de 1600 hombres que dependen de un mensaje que deben hacer llegar a través de las líneas enemigas. ¿Lo lograrán?

Con este pretexto, Sam Mendes consigue un prodigio en la pantalla que hace sentirse partícipe al público de hoy, de un relato de hace más de cien años. Su saber cinematográfico, le permite concebir una película como ésta, compuesta por un solo, largo plano secuencia (interrumpido solo una vez) de casi dos horas.

Dotado de una enorme pericia a la hora de planificar y rodar, donde no se nota jamás que una camara acompaña lo largo del mismo a dos jóvenes actores (Dean Charles-Chapman y George MacKay), el realizador inglés se lanza a contar una historia tan personal como universal. Con un argumento, basado en parte en las historias que su abuelo (Alfred Hubert Mendes) le contaba de su participación en aquel conflicto.

Recordando más, a Senderos de Gloria (Paths of Glory, 1957, Stanley Kubrick, USA) o El Puente (Die Brücke, 1959, Alemania), que a otros ejemplos de películas en plano secuencia como Birdman (2014, Alejandro G. Iñarritu, USA) o La Soga (Rope, 1948, Afred Hitchcock, USA), y tomando retazos del cine de Dziga Vertov o el de Michael Powell, con el punto de vista del protagonista en su objetivo, Mendes nos hace compartir ahora como espectadores una aventura humana y asombrosa.

Consigue así que todos los fotogramas vibren con tensión y emoción, en una ambientación bélica y de época cuidadísimas. Nos sumergimos en las trincheras y sentimos el sonido de cada bala o cada golpe de mortero. Ayudado de la fotografía del fantástico Roger Deakins, y del excelso diseño de producción de Dennis Gassner, se mueve a lo largo de una jornada, donde apreciamos la variación de la luz del día y la gradación de la oscuridad nocturna.

Todas las escenas por esa Bélgica devastada (en realidad simulada entre Glasgow y Bovingdon), están rodadas con corazón y energía. Un paso por la tierra de nadie o por los túneles del lado enemigo, el cruce de un puente derruído, una travesía nocturna por el pueblo de Écoust, el canto de un batallón en el bosque de Croisilles… son memorables y veraces.   Estas imágenes son herederas de los legados de los mejores John Ford, David Lean, Orson Welles, Stanley Kubrick o Steven Spielberg. Además, están acompañadas de la mejor partitura de un enorme músico de cine como Thomas Newman. Temas rítmicos («Up the Down Trench» o «Tripwire» ), combinados con otros oscuros («Milk»), o dotados de una épica considerable («The Night Window» o «1600 Men»).

Dentro de un film, tan técnico como éste, dotado de los mejores efectos visuales, para simular ese largo plano de dos horas, todo funciona, sin embargo, gracias al factor humano. La interpretación de un casi novato como George MacKay es el alma y ancla de la película. En un año con menos competencia, MacKay hubiera estado en todas las listas destacadas de los posibles actores premiables.

El elemento integrador más importante es sin embargo, el guión y la dirección del propio Mendes. Con su libreto, el primero propio que rueda, escrito a cuatro manos por él y Krysty Wilson-Cairnes, el director tiene el valor de precipitarse casi al vacío, y caer de pie en las salas de cine actuales con un producto tan único como esta magnífica película. Todos los actores están medidos, perfectos. La acción es espectacular, pero al servicio de la historia. Justo cuando nadie lo esperaba, tras veinte años de carrera, renace al éxito total.

¿Las claves? Ese saber hacer con los actores,  que estaba ya en su primera película, hecha en los Estados Unidos con el padrinazgo de un estudio como Dreamworks: la aclamada y conocídisima American Beauty (1999, USA), historia sarcástica sobre el modo de vida y el concepto clásico de la familia norteaméricana, que fue un éxito extraordinario tanto de público como de crítica.

¿Y dónde ha estado Mendes desde entonces, y por qué no ha vuelto a la primera plana hasta ahora? Pues en realidad, nunca se fue del todo de la escena. Cada vez que ha hecho un parón de algunos años en su carrera en el cine, volvía a las tablas. Sus orígenes en la compañía Donmar Warehouse, donde en 1990 a sus 25 años, ya fue director artístico, le convirtieron en un conocido niño prodigio de los escenarios londinenses. En las bambalinas de un teatro, siempre ha tenido un sitio. Allí maduró su trabajo en la dirección de actores.

Y desde allí, en la cumbre, empieza una caída progresiva de interés por parte de los espectadores, pero no de calidad. Su segundo film, fue la notabílisima Camino a la Perdición (Road to Perdition, 2002, USA), que era un «noir» de altura con Tom Hanks, Paul Newman, Jude Law y un jovencísimo Daniel Craig, ambientado en la época de la Gran Depresión.

Basada en una novela gráfica, la película conseguía hacernos empatizar con un asesino (papel fuera del registro tradicional de Hanks), que quiere salvar la vida de su único hijo. Además de su actuación, es recordada por ser uno de los últimos grandes papeles de Newman en la pantalla.

De ahí, la carrera de Mendes tomó una cierta deriva. Filma Jarhead (2005, USA) con Jake Gyllenhaal y Jamie Foxx situada en la Guerra del Golfo, que fue su primera decepción en la taquilla. Para sacarse la espina, tarda tres años en planificar su siguiente película, una joya olvidada y poco vista como Revolutionary Road (2008, USA). Una crítica sobre el matrimonio como institución, convertida a veces en carcel.

Interpretada por dos estrellas más que emergentes, como su entonces esposa, Kate Winslet (de la que se divorciaría poco después), y Leonardo DiCaprio, la película devolvió a Mendes, su halo de director cuidadoso de sus interpretes, pero el público volvió a dar la espalda a su visión precisamente por su verismo y crudeza.

Para quitarse la espina de inmediato, en plena crisis sentimental, filma su película más pequeña e independiente, la comedia Un lugar donde quedarse (Away We Go, 2009), protagonizada por John Krasinski y Maya Rudolph, que tampoco acertó a conectar con la audiencia.

Para sorpresa de todos, y tras varios montajes teatrales, retornó a las pantallas para dirigir sus películas de mayor presupuesto hasta la fecha, dos aventuras del espía británico más famoso de todos los tiempos. James Bond, 007: la fenomenal Skyfall (2012, USA) y su continuación algo más forzada, Spectre (2015, USA).

En ellas, Mendes, desarrolla con maestría su trabajo en las escenas de acción, sin quitar brillo a su trabajo con los actores. La confianza de Daniel Craig con el que ya había trabajado, fue clave para que el director tomase las riendas como el mejor profesional posible.

Junto con las compañías Universal y Amblin (y de nuevo con Dreamworks, bajo el paraguas de Spielberg), Mendes ha creado su siguiente proyecto, este singular film de 90 millones de dolares de presupuesto sin estrellas. Que sus productoras sean tres mujeres como Pippa Harris, que ya ejercía esta labor en sus últimas realizaciones; Callum McDougall, su asistente de dirección ó Jayne-Ann Tenggren, su script, no es casual. Es su equipo y también su familia, tras años de dedicación profesional.

Esto le ha permitido tener la libertad de ensayar todos los movimientos de cámara, actores y actuaciones, durante varios meses previos al rodaje, al igual que planificar su rodaje y realizar su montaje con calma. Usando el formato digital y los trucajes en digital para simular esas dos horas continuadas como si fuesen naturales.  Y que la protagonicen dos desconocidos, con todos los riesgos de taquilla posibles, para que el espectador nunca logre averiguar que sucederá con ellos de antemano.

Dos decadas de trabajo y aprendizaje han desembocado en que 1917, sea su mejor película. Un film con «sense of wonder», sabiduría narrativa, espectacularidad e intimidad. En él es tan importante, encuadrar un rostro inocente y determinado como el de MacKay, como recoger algo tan sencillo como la caída de las flores de los cerezos. O resaltar, con gestos y acciones sútiles, que el deber y el heroísmo, son a veces, más fruto de la amistad y la lealtad que del patriotismo.

De nuevo, como en los mejores films bélicos, la guerra queda plasmada como ese sinsentido, al servicio de los intereses de los poderosos. Sin embargo, en él su realizador nos dice que cada acto individual, por pequeño que sea, puede ayudar a salvar vidas o incluso cambiar el signo del resultado final de una contienda. Aunque solo sea por sobrevivir, volver con los tuyos, recordar a los que estarán ya por siempre ausentes, y recobrar lo mejor de ti mismo.

Jean Luc-Godard afirmó sobre el cine que «es verdad 24 veces por segundo»,  que «cada montaje es una mentira» y que «no es un arte que filma la vida, sino que está entre el arte y la vida». Si es así, Sam Mendes ha creado aquí puro cine, arte y vida. Y por tanto, verdad.

1917 ya ha ganado los Globos de Oro al mejor Drama y a la mejor Dirección este año. También el premio a mejor película de la PGA, gremio de productores américanos. Dura competencia para otros títulos  que están ya lanzados en la carrera del Oscar como Parasite, Once Upon a Time in Hollywood o The Irishman. Quizás, aunque éstas partan como favoritas, las gane a todas ellas.

En cualquier caso, estas cuatro películas junto con otros títulos como Historia de un Matrimonio, Mujercitas, Joker, Le Mans’66, Dolor y Gloria, Il Traditore, Les Misèrables y Portrait de la Jeune Fille en Feu, han marcado una cosecha extraordinaria para el cine mundial durante el año 2019. Una fecha que todos los cinéfilos recordarán en el futuro quizás como el signo de un tiempo que cambió sus vidas.

Copyright imágenes de Amblin / Dreamworks / Universal 

Artículo anteriorSí, tú puedes liderar a tu jefe
Artículo siguienteAndrea Jaurrieta e Iván Luis – Ana de Día: “Ha sido un año muy bonito.”
Ingeniero civil. Ahora trabajo sobre caminos de hierro, pero el resto del tiempo busco tender puentes con otros ámbitos y profesiones, además de transitar por sendas culturales y de ocio. Mi lema es que siempre hay nuevas formas y tiempo para aprender, y también para enseñar.

¿Qué opinas? Hablemos.