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Mélodie Gimard: «Con 5 años lo tenía súper claro, el piano tenía que estar en mi vida»

  • Nombre: Mélodie Gimard
  • Ocupación: Artista
  • Libro: Les Mots de Jean-Paul Sartre
  • Qué quería ser de mayor: Campeona de bailes de salón, aunque en general siempre quiso estar encima del escenario
  • Sugerencia de presentación: Las simples cosas – Chavela Vargas

Mélodie Gimard, nacida en Perpignan, y de esas artistas que hay que conocer. Se trata de una mujer que el universo ya quiso colocarla de pleno en el mundo de la música, incluso mucho antes de su nacimiento.

La música es su idioma materno y me gusta su caso porque ella se ha educado con las “dos escuelas de la vida”: una más académica y racional; y otra más emocional y basada en la experiencia. Mélodie es una mujer valiente que no duda en dejarlo todo para hacer lo que más quiere. En este caso, Numen, un disco que combina música clásica, folklore, jazz y flamenco. Muy recomendable.

 

Cuéntame un poco tu infancia, me hace mucha gracia que tu carrera musical empezara de tan pequeña.

Pues desde bien pequeña ya cantaba y bailaba en los conciertos de mi madre, en su compañía de músicas y danzas folclóricas. Yo cantaba coplas, jotas y cosas así. Era como la estrella del show.

Mi madre hacía intercambios culturales y se iba a tocar a festivales por el mundo entero. Por ejemplo, un grupo de Argentina, de tango. Pues nosotros estábamos una semana en sus casas, tocando en teatros y salas de allí. Luego, ellos venían a nuestra casa y hacían lo mismo. Todo esto, claro, en diferentes lugares del mundo: en China, Brasil, Chile, Uruguay, Italia… Y por España. Mucho por España también, claro. Porque tengo familia española y siempre nos hemos pasado por aquí.

¿Y cómo formas parte de eso? ¿De golpe te pusieron en el escenario o cómo?

Siempre estaba en los ensayos y en las salas de baile de mi madre. Claro, llegó un momento en que me sabía todas las canciones y, como vieron que cantaba afinado, pues me sumaron como algo más del espectáculo: “le ponemos un vestido y a ver qué tal”. Imagínate, una niña tan pequeña… Incluso a veces, si me quedaba dormida y de fondo oía yo mi canción… ¡Buf! Cogía una rabieta y me ponía a llorar: “¡esa es mi canción!, ¿¡por qué no me despertáis?!”.  

[Risas]

¿Con cuántos años estamos hablando?

Pues, con 3 o 4 años. Quise hacer de todo, bailar, cantar, tocar… De 3 a 5 toqué el violín, por ejemplo. Método Suzuki, todo de oído. Me encantaba el violín, para mí era súper fácil; pero luego lo dejé, tuve una profesora que me daba miedo y no estaba a gusto. Supongo que es normal aprenderlo tan fácil si cuando estás en el vientre de tu madre, oyes muchísima música. ¿Algo va calando, no?

Claro, es un idioma más. De hecho, un niño/a antes de empezar a hablar, ya ves que domina el idioma, que te comprende perfectamente…

Claro, claro, en este caso la música era mi otro idioma. Luego, vi un concierto de piano, y me enamoré de eso tan grande con teclas. Dije “¡esto es para mí!”. Con 5 años lo tenía súper claro, el piano tenía que estar en mi vida. Me gustaba mucho porque también me podría acompañar. Desde pequeña ya sabía que el piano era un instrumento que podía abarcar muchas cosas, por eso empecé clásico. Con el tiempo, me fui de gira con mi madre y fui descubriendo más cosas, claro. Ya a los 3 años, entré en el conservatorio.

De tan pequeña en clase ya. Me imagino que ya vieron esa habilidad y pensaron en el conservatorio para potenciarla.

Pues mira, creo que ha sido más bien practicidad de mi madre, le iba bien tenernos a mi hermano y a mí con ella en el conservatorio, en vez de la guardería. Ella trabajaba como profesora allí y mi padre trabajaba siempre fuera, así que, en cierto modo, estábamos siempre con ella. Creo, además, que ha sido una manera de conciliar y de darnos su herencia cultural. Yo no fui muy consciente, pero me encantaba, para mí eso era el mundo, no veía otra cosa más que música y danza.

Claro, cuando eres pequeño al final te adaptas a las circunstancias que tienes.

Sí, fíjate, mi madre estuvo tocando hasta los 9 meses de embarazo. ¡Yo nací en medio de un concierto! Siempre tuve toda la compañía de danza y esa tradición cultural envolviéndome desde niña. Me acuerdo de todas las fiestas en casa, de todos juntos siempre en mis cumpleaños o toda la compañía siempre bailando y cantando. Cada evento, cada fiesta que había, los oía cantar, coger los instrumentos hasta muy tarde, y esto para mí era la vida.

Yo no sabía otra cosa. Para mí todo era jam, era “vamos a tocar y a tocar todo de oído”. Que también era muy interesante, es lo que me faltaba en el clásico. Cuando te ponen en un conservatorio tienes el rigor, el solfeo y quizás no aprendes tanto la música desde el alma. Son dos cosas diferentes.

Mélodie en un concierto (Fotografía de Jorge Güiro)

Otro punto de vista para disfrutar de la música.

Exacto. Yo tuve esta suerte del haber disfrutado la música y de poder hacerla por oído. Muchas veces no necesitaba leer la partitura y me reñían mucho los profesores porque me lo aprendía de memoria y claro, a veces, aunque sonaba bien, pues me estaba inventando cosas…

[Risas]

Claro, por un lado, está la importancia de aprender algo por repetición y, por otro lado, la de disfrutar y conectar con la parte emocional de la música. 

Eso muy importante. Es como cuando estás aprendiendo un idioma y no lo dominas. Técnicamente puedes decir las cosas muy bien, pero no transmites bien el mensaje, no fluye. Ahora bien, si estas a gusto con una persona, aunque no sepas mucho, si empiezas a hablar desde la confianza y el disfrute, fluyes… Te entienden. Con la música clásica pasa algo parecido. 

Y mira que yo tenía matricula en todo, sacaba buenas notas; pero me aburría, porque al final en el clásico, para ver al creador detrás de la obra… Para que el que te escuche sea capaz de verte a ti como creador, tiene que tener mucho conocimiento de música clásica. Hay muy pocas personas que pueden acceder a la sutileza de lo que tú estas haciendo, en comparación a cuando tú estas haciendo algo nuevo y estás en creatividad completa. Ahí el espectador te puede ver y puede comprender bien tu mensaje. De la otra manera, siempre estas recitando cosas de otras personas y no usas tus propias palabras.

Avancemos un poco en tu formación. Más adelante, te fuiste a Barcelona a estudiar en el ESMUC. ¿Cómo sucedió ese cambio?

Muy sencillo, para continuar estudiando tenía dos opciones: o bien irme a Paris o irme a Barcelona. Tenía una profesora, la hermana del gran pianista Josep Colom, que me dijo “yo creo que, conociéndote y por tu perfil, vas a estar mejor en Barcelona. Prueba en la ESMUC”.

¿A nivel cultural o tu forma de ser?

Sí. Me conocía muy bien. Para mí es como una madrina musical. Me dijo, “búscate un profesor que esté en Paris y que esté en Barcelona. ¡Pierre Réach! Un grande, discipulo de Arthur Rubinstein premio Olivier Messiaen, Premio Pozzoli… Historia de la música.

Así que me llamaba mucho la atención y ha sido muy buen profesor, porque me dejaba hacer sacar mi personalidad dentro de la interpretación. Todos sus alumnos eran como muy creativos. A mí me encanta este hombre porque para él la música es una religión, una cosa trascendental, de estos maestros antiguos que se levantan por la mañana y lo ven como una llamada divina.

 

«Es muy importante saber que nosotros somos canales, porque es el respeto que uno le tiene al arte y a lo que está creando»

 

Una responsabilidad para la música.

Exacto, “yo soy un canal, me tengo que alimentar de esto como una medicina y dar a conocer al mundo esta belleza”. Buf, es que eso enamora. 

A mí me gusta mucho tener una visión en la vida, pensar en que es tu responsabilidad, la de tu vida, es tu propósito.

Claro, ¿a qué hemos venido a esta vida? 

Un motivo muy potente para levantarte por la mañana.

Cuando entiendes esto, le das mucha más importancia a lo que es el mensaje. Ahí entra la parte del creador, de “yo tengo una responsabilidad y tengo una visión sobre esto. Quiero aportar mi granito de arena y que la gente vea tal cosa…”. Es tu legado, es algo que se va a quedar en la Tierra y alguien lo habrá escuchado… Es muy importante saber que nosotros somos canales, porque es el respeto que uno le tiene al arte y a lo que está creando. Arte, pintura, música, medicina, cualquier cosa que tú puedas aportar y dárselo a este mundo.

Qué guay. Entonces, Barcelona. A nivel personal, ¿cuáles son las primeras cosas que te sorprenden?

¡Uf! Para mí fue una explosión. Me sentí como en mi casa. Y encima, luego me enteré de que mi abuela había vivido aquí, que tenía familia por aquí, que habían vivido en la misma zona que vivo yo… Me encontré muy a gusto. Piensa que era muy joven, también tenía un deseo de crecer y crearme yo como persona, porque siempre he sido la hija de alguien en el conservatorio y he estado muy arropada por la familia. 

Claro, no eras solo la hija de la profe, también la hija de la que era la embajadora del folclore en la región. Es normal que uno quiera explorar otras etiquetas. ¿Viniste sola?

Vine sola. Me acuerdo que el día de las pruebas… Ay, qué locura. No encontraba ningún hotel y acabé en un hotel de esos de mala fama por horas en Las Ramblas…

[Risas]

Que tendrías, unos 18 años, ¿no?

Sí, sí era un bebé. Con ganas de comerse el mundo por eso, eh. Estudiaba mucho, 7 horas al día, y luego los viernes y sábados iba a trabajar al conservatorio de Perpiñán, porque yo era profesora de danza folclórica allí. Trabajando en Perpiñán y viniendo aquí… Hubo un momento en que peté y decidí dejar de partirme en dos.

 

«Yo tengo este patrimonio de la danza, del baile, a mí me lo han enseñado de pequeña»

 

Es difícil, muchas experiencias nuevas y tú, yendo y viniendo…

Claro, tú quieres hacer las cosas bien y sigues la dinámica, pero también tenía que apostar por una vida que me aportaba muchas otras cosas. Ha sido un aprendizaje increíble y claro, con 18 años, pues uno también quiere disfrutar de la vida. Y sí, me desmelené un poco. Como cualquiera con esa edad, vamos.

Tenía ganas de marcha y en ESMUC me junté con los más divertidos, los del flamenco [risas]. Ahí he coincidido con mucha gente muy guay, Anna Colom, Marc López, Rosalía también… Niños con ganas de aprender y disfrutar: “¿a ti te gusta el flamenco? ¡A mí también! ¿Estamos en la misma clase? ¡Qué bien!”. Y ahora todos somos familia, porque además de ser compañeros de clase, hemos sido compañeros de trabajo, de anécdotas, de vivencias… Y es tan mágico ver ahora cómo cada uno se ha ido desarrollando… Es súper bonito.

Y tú desde entonces, ¿ya componías o estabas más centrada en aprender?

Yo siempre componía cositas pequeñas, sobre todo arreglaba cosas de clásico para mí, para estudiar. Cosas de Bach las ponía por bulería, por ejemplo. En vez de poner el metrónomo normal, lo ponía por bulería y claro, a los profesores los tenía en ascuas. Pero ahí pasó algo, porque de conocer tanto sobre la música española y la folclórica, me fui creando una opinión y me dio la seguridad de decir cómo se deben tocas estas cosas.

Tomas un punto de vista.

Y esto se afianzó a partir de un profesor de repertorio que nos pidió exponer una teoría de interpretación en clase. La mía: que toda la música estaba basada en ritmos de danza (la música española). El profesor fue escéptico; pero se lo acabé demostrando, de hecho, eso fue mi proyecto final de carrera.

Cosas como estás me ayudaron a ganar seguridad, a reafirmar mi criterio. Que yo tengo este patrimonio de la danza, del baile, a mí me lo han enseñado de pequeña… Y empecé a creerme que puedo aportar esta visión.

Entonces ya es ahí cuando empecé a arreglar. Hice Debussy en flamenco, algo así con Soler, que es música española, con música clásica española, Scarlatti con ritmos de danza a compás… Para interpretar música folclórica hay que vivirla y hay que sentirla. Es una manera de reivindicar un poco el valor de lo folclórico dentro de la música.

Que guay, entiendo que ahí ya te estás liberando completamente.

Completamente, porque cuando ves que tienes opinión, que tienes algo ahí dentro y puedes decir, “esto no es así”, “no estoy de acuerdo”, algo empieza a crecer. Así pasé de hacer arreglos de músicas clásicas y transformarlas, a componer directamente.

 

«A mí me alimenta muchísimo conocer a gente nueva y tocar con todo tipo de personas de diferentes estilos, colores y tonos»

 

¿Y cómo empezó lo del disco?

Empezó por allá el 2014-15. Hace tiempo, eh; pero es que todo es un proceso.

Cuando estaba empezando, al crear mi propio estilo, vi que me faltaban herramientas musicales, porque cuando pasas del clásico a otro tipo de música, es como empezar de 0. Tienes el entendimiento, pero es otra forma de conocer tu instrumento y de abordar las cosas. Te reinventas. He necesitado tiempo para llegar al nivel de exigencia que yo quería. Pero bueno, la semillita se plantó 2014-15, el resto ya ha ido floreciendo poco a poco según las experiencias y los aprendizajes vitales.

Como cada proceso este también tuvo que ser madurado. Creo que Numen lo podría haber sacado hace mucho, pero hubiera sido forzado. Y mira que no me he cortado en implicación, ni me han faltado ganas, eh. He puesto mucho esfuerzo. Imagínate, empecé alquilando mi habitación en un Airbnb para poder pagar las horas de grabación. A veces paraba un momento a pensar y me decía, “¿en qué te estás metiendo?”

[Risas]

¿No tenías dónde dormir?

Iba a dormir con mi compi de piso, me iba a casa de un novio o me buscaba la vida. No quería pedir dinero y tenía muchas ganas de hacer el disco. Lo que pasa es eso, que crear algo lleva su tiempo, su reflexión y sus procesos. Por ejemplo, cuando ya tenía clara la música, me encuentro que tenía que dirigir también. Y eso lo quería hacer bien.

Todos los que están en el disco, para mí eran referentes musicales. Y claro, de repente te encuentras en un estudio, teniendo que dirigir a estos talentos y yo por dentro “a ver Mélodie, llevas un mes sin dormir en tu cama, estás aquí y lo vas a hacer”. Y lo haces; pero cuesta, porque lo quieres hacer bien y con unas ideas bien claras. Y claro, todo esto mientras vas creciendo y descubriendo.

Es eso, podría haberlo hecho más rápido, pero habría sido forzado. Todo lleva su tiempo, pero ¡por fin lo tenemos! 

Yo tengo que decir que me ha gustado mucho. El flamenco me gusta, pero reconozco que me cuesta de entrada. En cambio, con tu disco, no sé, fluye bastante, tiene su base de flamenco, pero hay más cosas, lo llevas por otro lado.

Qué bien, me alegro mucho, porque es abrir como un mundo nuevo.

¿Cómo lo estás viviendo?

Ya tocaba sacarlo, era como tener un hijo, quería y necesitaba sacarlo ya. Yo lo que tengo ahora es muchas ganas de tocar. Ya llevamos 3 años tocando esto en público, pero tengo ganas de poder compartirlo más y con más países y culturas. Tengo ganas de viajar con esto y dar a conocer esta música en otros sitios. Lo veo como un nuevo escalón en mi vida artística, una llave de entrada a un nuevo mundo que se abre, otra etapa de mi vida. Se abre un mundo más amplio todavía, como directora, como compositora y como intérprete.

Y claro, ahora mismo, con lo de la Covid19… Hemos tenido que replantear muchas cosas.  El caso es que tengo ganas de tocar mucho, que la gente lo conozca, me conozca para poder tener más oportunidades, para aprender más, para colaborar más. Porque a mí me alimenta muchísimo conocer a gente nueva y tocar con todo tipo de personas de diferentes estilos, colores y tonos.

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Consultor de estrategia empresarial y Mentor de artistas. He trabajado en entornos altamente cambiantes y competitivos en el mundo de los negocios, y he visto lo mejor y lo peor del ser humano. He comprobado que el cómo se hagan las cosas es tanto o más importante que el fin en sí mismo; y que el llamado éxito sólo se da gracias a la libertad de mente y espíritu. Fan de Bunbury y coleccionista de relojes.

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